La tartamudez aparece entre las edades de 2 y 7 años, con un pico
máximo a los 5 años. Después de los 10 años es raro que aparezca,
aunque se conocen casos cuya aparición es en la adolescencia.
El comienzo puede ser repentino o gradual, en este caso su instauración
puede durar varios meses.
En edades tempranas el niño no es consciente de su disfluencia, pero
conforme aumentan los problemas va adquiriendo conciencia de la
dificultad que tiene para hablar.
Con el tiempo, las complicaciones aparecen, sobre todo en la esfera social,
empieza a aparecer ansiedad anticipatoria cuando va a hablar, miedo,
vergüenza, estrés, etc., posteriormente frustración y baja autoestima.
Aproximadamente el 80 por ciento de los tartamudos se recuperan. La
recuperación es más habitual en niñas que en niños y generalmente ocurre
antes de los 16 años de edad. Aparte de la edad y sexo ningún factor,
incluso el tratamiento, es predictivo de recuperación. Algunos estudios
afirman que existe una predisposición genética en este sentido.
Los tartamudos que no se recuperan al llegar a la edad de adultos (20%
del total) se convierten en tartamudos crónicos. Su tartamudez no tiene
cura. En estos casos se pueden emplear tratamientos paliativos que
disminuyan la severidad del problema y sus consecuencias en los planos
personales, sociales y laborales.
Con el paso de los años la tartamudez tiende a hacerse más leve, incluso
en tartamudos que no han seguido ningún tipo de tratamiento. Se supone
que las habilidades comunicativas que se van adquiriendo con la edad
influyen positivamente en este sentido.
Fernando Cuesta Momblona