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Oviedo, Pablo GALLEGO
«Hoy no voy a hablaros de terapia de grupo para la tartamudez, sino tartamudearos sobre ella». De este modo, Pablo Ibáñez abría la mesa redonda «Los grupos de autoayuda de tartamudos y el Grupo de Autoayuda de Tartamudos de Asturias (GATA)», enmarcada en la VIII Escuela de Verano de Logopedia, este año dedicada a los recursos educativos y sociales en alteraciones del desarrollo del lenguaje y tartamudez.
Su director, Eliseo Díez Itza, destaca que la escuela tiene ya una larga trayectoria, gracias al apoyo de la Universidad, y es un referente en el verano a nivel internacional, acudiendo a impartir clases magistrales en sus aulas las figuras más importantes de la especialidad.

La edición de este año resulta una experiencia insólita, ya que, salvo el propio Díez y Luis Castejón, también profesor de la diplomatura en Logopedia, todos los profesionales que participan en las Jornadas dedicadas a la tartamudez son tartamudos que han desarrollado diferentes recursos sociales para enfrentarse a este problema.
Fracaso de los tratamientos
Según Díez Itza, «desde la escuela queremos lanzar un mensaje de esperanza, buscando un tratamiento eficaz basado en principios científicos, siguiendo los pasos de Van Riper, para luchar contra el escepticismo y el desánimo generalizado que acompañan a una persona tartamuda en su peregrinaje de especialista en especialista buscando una curación que, en este momento, no es posible. Esta situación ha llevado a que las personas tartamudas prefieran buscar estrategias propias».
Por esta razón nació en el año 2001 el Grupo de Autoayuda de Tartamudos en Asturias (GATA). En él cualquier persona puede hablar sobre cómo percibe su tartamudez, cómo le afecta y cuáles son sus vivencias. Su responsable, Pablo Ibáñez, intervino en el curso para explicar su propia experiencia como tartamudo y de qué forma el GATA es útil para las personas que sufren este problema: «El grupo es un lugar donde tartamudear abiertamente, un espacio libre del estigma social que implica tartamudear, en un entorno que nos comprende; un refugio al que acudir cuando el tartamudo ya no puede más con la soledad y el miedo que le acompañan, pero sin que se convierta en una puerta giratoria en la que estés dando vueltas en tu propia autocompasión».

Ibáñez apostilla que «los tratamientos se quedan en la superficie, sin profundizar en el problema para intentar analizarlo, comprenderlo y abordarlo desde dentro. Sólo pretenden eliminarlo cuanto antes, y, al no querer enfrentarse a él, más que tratamientos, se utilizan trucos que no solucionan, sino que potencian la tartamudez».
Fernando Cuesta, médico de atención primaria y vicepresidente de la Asociación Iberoamericana de la Tartamudez, también forma parte de esta iniciativa. Durante su participación en las jornadas indicó que la razón por la que los tartamudos sólo presentan este problema en la comunicación interpersonal sería el «estrés comunicativo» que el tartamudo siente cuando necesita dirigirse a otra persona. Por este motivo, «los tratamientos deberían centrarse más en aprender a manejar este estrés. La rehabilitación ayuda poco; lo que ayuda es la comunicación». Según Cuesta, las personas tartamudas tienen una manera especial de pensar, sentir y vivir la vida, y lo más importante de la tartamudez no serían los bloqueos, las repeticiones ni los gestos, sino lo que hay detrás. «Los tartamudos no miran a la tartamudez a la cara, por lo que el mejor tratamiento es aceptarla. Así probablemente podrían enfrentarse a la tartamudez con un poco más de dignidad», señaló.
Intervención en la infancia

En la misma línea de pensamiento se enmarcan los estudios del psicólogo venezolano Pedro Rodríguez Carrillo, presidente de la asociación y autor del libro «Nosotros, los tartamudos», que se desplazó a Oviedo para compartir su experiencia personal y profesional con los alumnos: «Pienso y actúo como tartamudo; lo que los tartamudos necesitamos es conocer y entender nuestro problema, no volvernos locos con él».
Desde el punto de vista de los profesionales que se dedican a la intervención en tartamudez, las dificultades son evidentes. El bagaje profesional de Luis Castejón ilustra perfectamente la complejidad del problema: «Los tartamudos buscan de manera infatigable la fluidez en el lenguaje, y este ansia por tener lo que no tienen es lo que les lleva a la terapia para que el logopeda les dé la fluidez; pero la tartamudez es algo mucho más grande». Según Castejón, hoy por hoy, la tartamudez en el adulto no tiene curación: «Podemos minimizar síntomas trabajando habilidades comunicativas y sociales en un programa de apoyo, pero no curar la tartamudez. Lo que sí podemos hacer es ayudar a una persona que participa en la vida en inferioridad de condiciones».

La tartamudez en la infancia y su influencia sobre padres y maestros son quizá los temas que más preocupan tanto a los profesionales como a las personas afectadas. Ambos colectivos coinciden en señalar que los padres no son la causa de la tartamudez de sus hijos ni deben vivirla con culpa, sino apoyándoles, «para que toda su vida no gire en torno a este problema».

En primer lugar, habría que determinar que el niño es realmente tartamudo, ya que en algunos estadios del desarrollo normal del lenguaje los niños repiten palabras. Pero, en el momento en el que se empiece a sospechar que la tartamudez puede estar instaurándose, la preocupación de los padres no será la solución, sino acudir a profesionales solventes que les indiquen el camino a seguir.

Luis Castejón destaca que «la tartamudez en el niño en general hay que entenderla como un trastorno que tiende a recuperarse de manera espontánea en cifras cercanas al 80 por ciento». Esto podría explicarse por la gran fuerza biológica a favor de la recuperación, mediante la reorganización de las funciones cerebrales, aspecto en el que el ambiente y el contexto del niño serían dos factores clave, como señala Marcelino Matas, logopeda que ejerce como maestro de audición y lenguaje, y también tartamudo: «La plasticidad cerebral sería una de las razones por las que algunos niños mejoran y se curan. El problema es que no se sabe qué elementos del ambiente se deben modificar».

La hipótesis ambiental estaría reforzada por un reciente estudio genético, sacado a relucir por el doctor Cuesta durante su intervención, en el que se postula que la razón por la que algunos niños que tartamudean se recuperan mientras otros ven cómo se asienta su problema, estaría en que se trataría de dos entidades genéticas diferentes. Como el propio Cuesta y Díez Itza señalaron, «los estudios de la genética van a mostrarnos muchas cosas sobre el origen y las causas de la tartamudez, al igual que ocurre con otros síndromes que ya se están estudiando, pero es un campo aún por despertar